Espacios intermedios

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Hay un alféizar en la casa a la que a veces voy. Me he subido a él y me he dado cuenta de que no sé de qué color es. Me ha parecido muy irrespetuoso, porque paso aquí casi todas las tardes. Siempre hago lo mismo: primero pongo un cojín rojo y mullido en la esquina derecha del alféizar, luego me subo, me apoyo en él y me hago una bolita. Lo apoyo en este lado porque así me oriento hacia el oeste y puedo ver el resto del comedor. Ahora mismo, mis amigos están sentados en el sofá y la madre de una de mis amigas está sentada en una silla junto a una mesa donde hay una tetera que acaba de preparar. Estoy alejado de ellos, pero no tengo que alzar la voz para que me oigan si quiero hablar.

La primera vez que subí al alféizar no fue casualidad, me había quedado sin sitio para sentarme cerca de mis amigos. Hay otras mesas y sillas en la habitación, pero no quería sentarme solo en una de ellas. Sé que en el alféizar tambien estoy solo, pero no es lo mismo. Si pongo el cojín, solo hay sitio para una persona. Mientras escribo esto, hay sitio en el sofá, pero le he cogido mucho cariño a este sitio y he decidido quedarme aquí hoy también. Ayer hablé por telefono con mi hermana desde aquí y el día anterior vi Napoleon Dynamite. También he escuchado el disco Apartment Life, de Ivy, mientras miraba por la ventana. Es un espacio intermedio, no hay ninguna regla sobre lo que se puede o no hacer en el alféizar. Por eso me parece irrespetuoso no saber de qué color es, así que acabo de fijarme. Es negro azabache, como el pelo de mi madre.

Ella nunca ha tenido un alféizar en su casa, pero sé que le habría gustado. Nunca me lo ha dicho expresamente, pero ayer hablamos por mensaje de texto y me confirmó que le gustaría hacer uno en nuestra casa, a la que voy siempre. Me dijo que querría poner un cajón para meter mantas debajo y estanterías para los libros alrededor. Aunque mi madre no tenía un alféizar cuando era niña, tenía una escalera. En esta casa también hay escaleras, pero nunca me he sentado en ellas. Desde su sitio, mi madre observaba. Los dos somos hermanos pequeños. Las escaleras eran un espacio intermedio; creo que daban al salón, así que imagino que mi madre miraba a su madre mientras cosía. Yo no sé coser, pero creo que mi madre sí. Quizás un día bajó y su madre le enseñó.

No sé, a veces pienso que mi madre va a bajar la escalera de casa de sus padres, entrar por la puerta de este mismo comedor y enseñarme a coser. Tendría que quitar el cojín rojo, para que cupiéramos los dos en el alféizar y, dándole la espalda a la ventana y orientándonos hacia el oeste, mi madre me enseñaría a ensalzar la aguja; aunque lo que más me gustaría es que mi abuela entrase por la puerta y pudiera sentarse aquí ella misma. Mi madre y yo tendriamos que sentarnos en el sofa y volver a apoyar el cojín, para que mi abuela pudiera apoyarse en el lado derecho y orientarse hacia el oeste.

Ella se llamaba Josefa; yo me llamo José, pero de segundo nombre, así que nadie me llama así. Me gustaría saber coser, que la gente me llamase por mi segundo nombre y poder sentarme en este alféizar siempre.

-Diego José Alonso

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